El fracaso de la medicina de pharmakeia y su visión microscópica.

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ByTIVA

12 julio 2025
El fracaso de la medicina de pharmakeia y su visión microscópica.

Por Edwin González Rivera
Licenciado en Naturopatía – Para Tiva TV


¿Tratar pacientes o enfermedades?

La medicina moderna se ha enfocado en tratar enfermedades, identificar patógenos a través del microscopio en lugar de tratar a los pacientes. Desde pequeños, hemos sido entrenados para pensar que debemos luchar contra las enfermedades, como si fueran enemigos externos. Frases como “perdió la batalla contra el cáncer” o “no pudimos controlar la infección” se repiten constantemente en los medios, clínicas y hospitales.

Este enfoque bélico es reflejo directo de una filosofía que tiene sus raíces en lo que la Biblia llama pharmakeia —término griego que se traduce como “hechicería” o “envenenamiento”— y que ha sido la base de la industria farmacéutica moderna. ¿En qué consiste este modelo? En mirar al enemigo por el microscopio y luego crear un veneno para destruirlo, sin considerar cómo ese veneno afecta al resto del cuerpo.


¿A qué costo?

Aun cuando logran eliminar el llamado “patógeno invasor”, con frecuencia el paciente muere o queda más enfermo.
Así operan muchas terapias como las drogas, la radioterapia, la quimioterapia y muchas otras.
Y lamentablemente, nos han adoctrinado tanto en este paradigma, que cuando una persona es diagnosticada con una condición, lo primero que pregunta es:

“¿Qué me tengo que tomar para matar o eliminar eso?”

Ya sea un virus, un parásito, metales pesados o nanotecnología, el pensamiento dominante es el mismo: atacar al “enemigo”.


El enfoque correcto: tratar al paciente, no la enfermedad

La verdadera medicina natural enseña desde el principio que no se tratan enfermedades, se trata al ser humano.
Esto no es una frase bonita, sino una base terapéutica sólida.
Un profesional genuino de la salud natural no sustituye fármacos con hierbas, ni quimioterapia con suplementos.
El verdadero naturópata observa, escucha, evalúa.

Identifica las debilidades individuales, los desequilibrios, y las áreas que no están funcionando adecuadamente. Cada cuerpo reacciona de forma distinta: una sustancia dañina puede ser eliminada por los riñones en un paciente, mientras que otro la expulsa por la piel o el intestino.
El cuerpo elige, de forma sabia y adaptativa, la vía más segura y disponible de limpieza.


Interferir es un error grave

Cuando el terapeuta interfiere sin comprender este proceso, puede convertirse en un enemigo aún peor que la propia condición que el cuerpo intenta eliminar. Por eso los tratamientos no deben ser protocolos generales ni basados en el nombre de una enfermedad.
Los tratamientos deben ser diseñados para cada persona, adaptados a su historia, su terreno biológico y su realidad emocional que es unica.

Aplicar el mismo protocolo a todos los pacientes es un error que ha costado vidas.
De hecho, eso explica por qué lo que “funcionó” en alguien, puede causar daño o incluso la muerte en otro.

Los protocolos se pueden convertir en un paso en la dirección del control de los tratamientos, químicos y naturales.


El peligro de los protocolos generalizados y la pérdida de la atención individual

Los protocolos generalizados representan el segundo paso en el proceso de homogeneización del cuidado del paciente, un modelo que abre la puerta a que los intereses económicos y los planes médicos se impongan por encima del bienestar y las necesidades únicas de cada ser humano.

El primer paso en este proceso es la tendencia a etiquetar enfermedades a partir de síntomas observados o patógenos identificados mediante un microscopio o algún examen biométrico. Esta forma reduccionista de diagnóstico reemplaza al ser humano por un patrón estadístico, despersonalizando por completo el acto salubrista.

Ambos pasos apuntan hacia un mismo objetivo: eliminar la atención individualizada, reemplazándola por sistemas automatizados, donde incluso la inteligencia artificial y la transhumanización comienzan a intervenir en la toma de decisiones médicas. Así, los pacientes son convertidos en entidades uniformes, casi clónicas, fácilmente tratables bajo un mismo protocolo, lo cual facilita el control poblacional y maximiza los beneficios económicos para las grandes industrias.

Frente a esto, hago un llamado al pensamiento libre y crítico. A todos aquellos que han estado despiertos y atentos a los engaños de este sistema, les digo: no caigamos ahora en la trampa que tanto hemos combatido. No nos dejemos seducir por soluciones simplistas ni por la fascinación de la tecnología desconectada del alma humana. No sustituyan drogas por plantas. Mantengámonos enfocados en lo esencial: tratar al paciente, no a la enfermedad.
No nos distraigamos con los peces de colores del laboratorio —ya sean parásitos, microbios, nanobots u otros.
Es hora de salir de la microvisión reduccionista de la pharmakeia y volver nuestra mirada a la salud integral, a la visión amplia y profunda del ser humano en cuerpo, mente y espíritu.

Solo así recuperaremos el verdadero arte de sanar.

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