A medida que las personas dependen menos de los grandes medios de comunicación para informarse y recurren a medios alternativos serios que logran evadir la censura, comienza a revelarse una realidad incómoda: durante gran parte de la historia moderna de la medicina hemos sido guiados por narrativas engañosas.
La narrativa del miedo durante el COVID-19
Durante la llamada “plandemia” del COVID-19, vimos cómo medios de comunicación, gobiernos y grandes corporaciones construyeron una narrativa basada en miedo, emociones y desesperación para llevar a las personas a aceptar una solución ya preparada. Se difundieron imágenes impactantes de personas desplomándose en la calle, cadáveres apilados y entierros masivos. Sin embargo, cuando información no censurada comenzó a circular por medios alternativos, se hizo evidente que la realidad era muy diferente a la que se nos presentaba.
Aparecieron protocolos contrarios a la medicina seria; diagnósticos y causas de muerte fueron reclasificados para inflar cifras y aumentar el pánico. Tratamientos sin validación científica se aplicaron masivamente, causando complicaciones e incluso muertes. Muchos no enfermaban del virus, sino de los tratamientos y protocolos errados.
Aun así, gran parte de la población, confiando ciegamente en los medios tradicionales, continúa culpando al virus de la muerte de sus seres queridos, sin comprender que en numerosos casos fueron víctimas de causas iatrogénicas (daños provocados por intervenciones médicas). Para muchos, aceptar que no murieron por un virus sino por decisiones médicas fallidas es demasiado doloroso.
Un libreto que se repite en la historia
Este patrón no nació con el COVID; se ha repetido en múltiples epidemias a lo largo de la historia. La diferencia hoy es que la tecnología permite que más personas accedan a información independiente.
Tras cada crisis sanitaria, ciertos sectores terminan enriquecidos: industrias médicas, farmacéuticas, universidades e instituciones científicas. Un ejemplo claro es el polio. Todavía hoy, cuando se habla de los daños de las vacunas, muchos recuerdan imágenes de personas en pulmones de acero o en sillas de ruedas, agradeciendo a las vacunas y tratamientos de aquel entonces. Pero lo que no se cuenta es que alrededor del 99 % de los pacientes puestos en pulmón de acero no lo necesitaban, igual que muchos conectados a respiradores durante el COVID.
El negocio del pulmón de acero generó enormes ganancias. Hospitales competían por ser centros de referencia, mientras se practicaban cirugías mutilantes: se cortaban tendones y nervios a personas con parálisis temporal, dejándolas lisiadas no por el polio, sino por los tratamientos. Hoy se sabe que muchas de esas condiciones se tratan eficazmente con terapias físicas, sin mutilaciones ni daños permanentes. Pero para no cuestionar la narrativa del “triunfo científico,” se cambiaron diagnósticos y se ocultaron consecuencias.
El verdadero debate
El problema no es creer o no en la ciencia. El verdadero debate es:
¿hasta qué punto la ciencia está comprometida con intereses económicos y corporativos que siempre se han beneficiado del dolor humano?
Con medios controlados y gobiernos aliados a estas agendas, el relato oficial se perpetúa, aún a costa de vidas.
La resistencia a despertar
Es más fácil seguir engañando a alguien que convencerlo de que ha sido engañado. No todos están dispuestos a abrir su mente y reconocer que fueron manipulados.
¿Por qué?
-
Algunos sienten miedo de aceptar que tomaron decisiones equivocadas y ahora cargan con las consecuencias.
-
Otros están directa o indirectamente involucrados en la narrativa y se benefician de ella.
-
Y muchos viven aislados de la realidad, informándose solo por medios corporativos y gubernamentales. Dicen creer que los políticos son corruptos y se roban el dinero, pero no pueden aceptar que también exista corrupción en la ciencia. Creen que para ser científicos hay que ser casi santos.
Dentro de cada grupo hay quienes aún pueden aprender, reflexionar y rectificar. Pero también están quienes reaccionan insultando a todo el que piensa diferente, atacando desde redes sociales o medios de comunicación. Con ellos no vale la pena discutir.
A esos, como dice la Escritura:
“No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos…”
— Mateo 7:6

