¿QUIÉN DEFENDERÁ AL MÁS INOCENTE?
«Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué».
— Jeremías 1:5
Miles de años atrás, mucho antes de los ultrasonidos, de las imágenes tridimensionales, de los monitores fetales y de todos los adelantos de la medicina moderna, las Escrituras ya hablaban del ser humano desde el vientre de su madre.
Jeremías no dice: «Antes de que fueras una persona te conocí». Dice:
«Antes que te formase en el vientre te conocí».
Hay reconocimiento, identidad y propósito antes del nacimiento.
El Salmo 139 profundiza todavía más en esa idea cuando David describe a Dios observándolo mientras era formado en el vientre de su madre. Para la visión bíblica, aquello que crece dentro del vientre no es presentado como algo insignificante o desechable. Es una vida en formación, conocida y contemplada por Dios.
Y entonces llegamos a una de las preguntas más incómodas de nuestro tiempo:
¿QUIÉN PUEDE SER MÁS INOCENTE QUE UN NIÑO QUE TODAVÍA NO HA NACIDO?
No ha mentido.
No ha robado.
No ha odiado.
No ha cometido delito alguno.
Ni siquiera ha tenido la oportunidad de pronunciar una palabra.
¿Y quién puede ser más indefenso?
Un bebé dentro del vientre no puede correr. No puede pedir auxilio. No puede contratar un abogado. No puede presentarse ante un tribunal. No puede votar. No puede protestar. No puede levantar una pancarta.
No puede siquiera decir: «Quiero vivir».
Depende absolutamente de otros para su protección.
LA SANGRE INOCENTE
Deuteronomio 27:25 contiene una advertencia terrible:
«Maldito el que recibiere soborno para quitar la vida al inocente».
La Biblia vuelve una y otra vez sobre el concepto de la sangre inocente. Proverbios 6:16-17 incluye entre las cosas que Dios aborrece:
«Las manos derramadoras de sangre inocente».
Desde mi perspectiva cristiana, resulta imposible leer estas palabras y no preguntarme:
Si consideramos al niño que está en el vientre una vida humana, ¿qué sangre podría ser más inocente que la suya?
Y entonces surge una pregunta todavía más seria para quienes profesamos creer en Dios:
¿CUÁL SERÁ NUESTRO JUICIO SI PERMANECEMOS CALLADOS?
Porque nuestra responsabilidad no termina simplemente en decir: «Yo jamás lo haría».
Proverbios 31:8 nos ordena:
«Abre tu boca por el mudo en el juicio de todos los desvalidos».
¿Quién es más mudo que aquel que todavía no puede hablar?
¿Quién es más desvalido que aquel cuya propia existencia depende completamente de las decisiones que otros toman por él?
Si verdaderamente creemos lo que decimos creer, entonces estamos llamados a defender al inocente, al débil y al que no puede defenderse.
CUANDO LO MALO COMIENZA A LLAMARSE BUENO
Isaías lanzó una advertencia que parece atravesar los siglos:
«¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz!»
— Isaías 5:20
Quizás uno de los mayores peligros para una sociedad no sea solamente cometer aquello que antes consideraba malo.
El verdadero abismo comienza cuando deja de reconocerlo como malo.
Primero se tolera.
Después se normaliza.
Luego se convierte en un supuesto derecho.
Y finalmente llega el momento más preocupante: se celebra.
Eso es precisamente lo que, desde mi perspectiva, estamos presenciando con el aborto.
Massachusetts ya posee algunas de las protecciones legales al aborto más amplias de Estados Unidos. Su política reconoce el derecho al aborto y contempla abortos después de las 24 semanas bajo determinadas circunstancias médicas.
Pero en julio de 2026, la Cámara de Representantes de Massachusetts fue todavía más lejos.
Aprobó legislación que propone eliminar de la ley las causales específicas actualmente establecidas para los abortos después de las 24 semanas —vida o salud física o mental de la paciente y determinados diagnósticos fetales graves— y reemplazarlas por una disposición que permitiría al médico proceder basándose en su juicio profesional.
Y aquí es donde, para mí, la discusión deja de ser simplemente política.
Es moral.
Es espiritual.
Es humana.
Porque detrás de términos legales como derechos reproductivos, elección, procedimiento médico o juicio profesional existe una realidad que ninguna palabra puede borrar:
HAY UNA VIDA DENTRO DEL VIENTRE.
Una vida que no pidió estar allí.
Una vida que no escogió las circunstancias de su concepción.
Una vida que no tiene voz en la discusión.
Una vida que depende enteramente de nosotros.
¿QUÉ NOS HA PASADO?
Pero quizás lo que más me estremece no sea solamente ver a políticos impulsando estas medidas.
Es contemplar a seres humanos celebrándolas.
Y particularmente me resulta doloroso ver a mujeres aplaudir políticas que amplían el acceso al aborto.
Mujeres que conocen como nadie el extraordinario poder de dar vida.
Mujeres que conocen ese vientre donde comienza nuestra existencia.
Mujeres que alguna vez también fueron pequeñas, indefensas y completamente dependientes dentro del vientre de otra mujer.
¿Cómo llegamos al punto en que terminar una vida humana en desarrollo puede convertirse en motivo de aplausos?
No escribo estas palabras desde el odio hacia la mujer que ha abortado. Tampoco desconozco que existen embarazos rodeados de miedo, abandono, enfermedad, violencia y circunstancias desgarradoras.
Es precisamente en esos momentos cuando una sociedad verdaderamente compasiva debería rodear a esa mujer de apoyo, alternativas y ayuda.
Pero la compasión hacia una persona no debería exigirnos dejar de reconocer la humanidad de otra.
HAY DOS VIDAS QUE MERECEN NUESTRA PREOCUPACIÓN.
Y una de ellas no puede hablar.
Por eso alguien tiene que hablar por ella.
Alguien tiene que decir que su vida importa.
Alguien tiene que recordar que detrás de cada debate político, cada ley, cada consigna y cada celebración existe un corazón diminuto que nunca tendrá oportunidad de explicar su posición.
¿DÓNDE ESTABAS TÚ?
Algún día quizá la pregunta no será solamente qué hicieron los políticos, qué aprobaron las legislaturas o qué celebraron las multitudes.
Quizás la pregunta será mucho más personal:
¿DÓNDE ESTABAS TÚ CUANDO EL INOCENTE NO PODÍA DEFENDERSE?
Jeremías escribió:
«Antes que te formase en el vientre te conocí».
Si creemos esas palabras, entonces nuestra responsabilidad no puede comenzar únicamente después del nacimiento.
Porque el niño que todavía no vemos…
el niño que todavía no podemos abrazar…
el niño que todavía no puede pronunciar nuestro nombre…
ya está allí.
Y mientras él no pueda levantar su propia voz, quienes creemos que su vida tiene valor tenemos la obligación moral de levantar la nuestra.

