LA CORRUPCIÓN NO SIEMPRE COMIENZA EN EL GOBIERNO
En Puerto Rico, como en tantos lugares del mundo, gran parte del pueblo se queja de la corrupción gubernamental. Sin embargo, vale la pena preguntarnos: ¿es la corrupción exclusiva de un partido político, de una administración o de un grupo particular? ¿O es el reflejo de un germen que ha ido contaminando silenciosamente a toda nuestra sociedad?
Quizás el verdadero problema no sea únicamente político, sino moral. Hemos ido normalizando la idea de que ocupar una posición de autoridad —por pequeña que sea— concede el derecho de imponer, controlar, favorecer aliados o aprovecharse de los demás. La corrupción no siempre consiste en apropiarse de dinero público. También existe cuando se manipulan decisiones, se oculta información, se silencian opiniones, se intercambian favores o se utilizan los reglamentos de manera selectiva.
En ocasiones, pequeños grupos que no representan el sentir de la mayoría logran ocupar posiciones de poder y terminan gobernando para sí mismos. Lo que comenzó como una oportunidad para servir se convierte en una plataforma para alimentar el ego, proteger intereses particulares o satisfacer una necesidad de reconocimiento.
Esto puede ocurrir en cualquier espacio: gobiernos, iglesias, asociaciones comunitarias, juntas, organizaciones profesionales, instituciones y grupos sociales. Cambian los nombres y el tamaño de la estructura, pero el comportamiento puede ser sorprendentemente parecido.
También sucede que muchas personas preparadas, exitosas y con experiencia prefieren no involucrarse en estas posiciones, ya sea por las exigencias de sus profesiones, por falta de tiempo o para evitar conflictos innecesarios. Ese vacío puede terminar siendo ocupado por quienes no necesariamente buscan servir, sino controlar. Y una vez alcanzan esa pequeña cuota de poder, hacen todo lo posible por conservarla.
Entonces aparecen las alianzas internas, los acuerdos entre unos pocos, la demagogia, el favoritismo y las decisiones tomadas de antemano. Las reuniones se convierten en una formalidad y la participación de los demás queda reducida a una apariencia. Quienes cuestionan son vistos como enemigos, mientras que quienes obedecen o guardan silencio son recompensados.
Lo más preocupante es que algunas personas pueden asumir actitudes abusivas y autoritarias dentro del diminuto espacio que presiden, mientras públicamente se presentan como servidores, líderes u “honorables”. Hablan de democracia, transparencia y justicia, pero no siempre están dispuestas a practicarlas cuando esas mismas exigencias amenazan su control.
La verdadera calidad de un líder no se mide por cuánto tiempo permanece en una posición ni por cuántas personas logra dominar. Se mide por su capacidad de escuchar, rendir cuentas, aceptar cuestionamientos, respetar las diferencias y preparar el camino para que otros también puedan participar.
El poder, incluso en su expresión más pequeña, revela el carácter. Quien utiliza una posición comunitaria, religiosa, profesional o social para intimidar, excluir o beneficiarse no es muy distinto de aquel funcionario público al que luego señala por corrupción.
Por eso, antes de exigir gobiernos más honestos, debemos observar lo que ocurre a nuestro alrededor. La corrupción gubernamental no surge en el vacío: se alimenta de las mismas conductas que toleramos diariamente en nuestras instituciones y comunidades.
No podemos quejarnos de los gobiernos que tenemos si, frente a nuestras propias narices y dentro de nuestras comunidades, permitimos que estas personas se apoderen del poder sin hacer nada al respecto.

